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Detrás del populismo caudillista

Emilio Ocampo para La Nación

Cuenta el escritor español Salvador de Madariaga que Moctezuma, el último emperador azteca, era muy respetuoso de la religión y las tradiciones de su pueblo. En ellas, Quetzalcóatl ("la serpiente emplumada") jugaba un rol principal. Según la leyenda, en un pasado inmemorial este dios había llegado a México tomando la forma de "un hombre blanco y barbado" para enseñar a los aztecas "el camino de la virtud" y darles sus "leyes y buena doctrina". Luego se despidió con la promesa de que algún día volvería para gobernarlos. Moctezuma vivía pendiente de cualquier señal o presagio que anunciara su retorno. La llegada de Hernán Cortés confirmó sus temores. Al poco tiempo de desembarcar en suelo mexicano, el conquistador español se enteró de que tanto el emperador como sus súbditos lo consideraban aquella deidad tan temida. Cortés se aprovechó astutamente de esta leyenda para subyugar al vasto imperio azteca.


Los mitos, leyendas o creencias ficticias han jugado un rol fundamental en la evolución de la humanidad. En primer lugar, sirvieron como un vínculo intangible que permitió al Homo sapiens coordinar sus actividades de manera flexible y en gran escala, algo único en el reino animal. En parte gracias a ellos, bandas de cazadores nómades lograron fundar naciones, imperios y civilizaciones. Además, los mitos también les sirvieron para interpretar su pasado y forjar una identidad colectiva. Pero no siempre sus efectos fueron benéficos. En el caso del imperio azteca, contribuyeron a su decadencia. Hay muchos otros ejemplos, tanto a nivel individual como colectivo, de las consecuencias nefastas de adoptar ciertas ficciones. Los mitos nórdicos que abrazó el nacionalismo alemán a fines del siglo XIX fueron funcionales a la idea de la superioridad racial aria, que Hitler tan hábilmente fomentó y magnificó. Sin ir tan lejos, los jihadistas actuales están convencidos de que si se inmolan luchando contra los infieles serán recibidos en el paraíso por 72 vírgenes.


Al igual que los aztecas, los argentinos estamos aferrados a una leyenda que no ha contribuido a nuestro progreso. Me refiero al mito de San Martín como "padre de la patria" y "libertador de América". Según este mito, la Argentina nació de la acción breve pero decisiva de un hombre más cercano a los héroes y semidioses de la mitología antigua que a la realidad social hispanoamericana de su época. Esta leyenda caudillesca a su vez sostiene otras dos creencias igualmente nocivas: la primera es que, por ese mero hecho, los argentinos estamos predestinados a la grandeza, y la segunda, que se deriva de ella, es la de nuestra excepcionalidad y superioridad sobre nuestros vecinos.

Si nuestra proverbial vanidad hubiera sido la única consecuencia de abrazar este mito fundacional, el problema no sería tan grave. Lamentablemente, el mito también fue funcional al surgimiento y a la persistencia de un populismo caudillista y autoritario, principal responsable de nuestra asombrosa decadencia. No es casual que Perón haya utilizado el aparato de propaganda estatal para identificarse con San Martín y presentarse como su sucesor (Chávez, que fue su émulo, llevó esta idea al absurdo al pretender ser la reencarnación de Bolívar). Tampoco es casual que el revisionismo histórico, base ideológica del populismo vernáculo, haya hecho de la famosa "línea histórica" que une a aquellos dos hombres (a la que convenientemente pueden agregar los caudillos de turno) la trama central de su narrativa.


"Juzgar el pasado no es otra cosa que ocuparse del presente", decía Alberdi, para luego advertir que cuando un pueblo elige una historia ficticia, "toda su política seguirá en ese camino ficticio y fantástico."  Al no comprender nuestro pasado, los argentinos tampoco entendemos el presente. Nuestro progreso extraordinario entre 1853 y 1930 no se debió a que estábamos predestinados a la grandeza, sino a una coyuntura internacional favorable y un marco institucional que nos permitió aprovecharla.


Nuestra declinación desde entonces se debe a que abandonamos ese marco institucional y, alentados por un mito, nos sometemos periódicamente a la voluntad de caudillos mesiánicos que sólo logran hundirnos cada vez más. Al igual que los aztecas, los argentinos nos hemos aferrado a una leyenda que nos lleva hacia nuestra propia ruina.


El autor es miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso

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